Habitar una nube
Curatorial essay — Sophie Bonet
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Habitar una nube no es una imagen amable. Es una condición.
En Tucumán, la nube no siempre pertenece al clima. A veces se fabrica. Es el polvo que levanta una ruta de tierra, la harina rota que vuelve el aire blanco, el cemento que queda suspendido como si el progreso tuviera peso y textura. Y está esa otra nube —la de los ingenios azucareros— que marca temporadas, horarios, economías y cuerpos. Un penacho visible desde lejos que, para quienes crecen cerca, no es paisaje ni metáfora: es historia viva. No necesita explicación. Se respira.
Esta exposición reúne una serie de video-performances y acciones de Adrián Sosa que no se ofrecen como representaciones de lo rural, sino como situaciones donde el territorio, el cuerpo y la materia piensan juntos. No se trata de gestos aislados, sino de unidades de trabajo que se encadenan en secuencia. En el cañaveral no se avanza por acciones individuales, sino por ritmos aprendidos por el cuerpo: saberes heredados que organizan el tiempo, el esfuerzo y el espacio. Aquí, el gesto no representa lo rural; lo activa.¹
Tucumán es una provincia del noroeste argentino cuya historia ha estado profundamente atravesada por la agroindustria azucarera y por las transformaciones —económicas, políticas y sociales— asociadas a ella. Durante décadas, los cañaverales y los ingenios organizaron no solo la producción, sino también los ritmos de la vida cotidiana, las formas de aprendizaje del trabajo y una relación sostenida entre cuerpo, territorio y tiempo. A partir de la segunda mitad del siglo XX, el cierre de numerosos ingenios y la reestructuración del sector alteraron de manera drástica este entramado productivo, generando desplazamientos, precarización y rupturas profundas en el tejido social. Sin embargo, estos procesos no anularon los saberes vinculados al trabajo rural: los fragmentaron, los desplazaron, pero también los hicieron persistir en los cuerpos, en las prácticas y en la memoria material del paisaje.²
En la obra de Sosa, las acciones no surgen como comentarios sobre el territorio, sino desde él. No llega al paisaje a buscar un tema; parte de un mundo heredado —familiar, comunitario, histórico— donde las decisiones nunca son neutras. Cercar una casa, trazar una línea, herir la tierra, levantar una nube: son actos que ordenan lo real y, al mismo tiempo, lo disputan. Lo que está en juego no es la imagen del trabajo, sino su persistencia como forma de conocimiento.
En CASA. el abrasar del cerco, el cercado no se lee como escenario doméstico, sino como acto de sostén. Delimitar para habitar; habitar para permanecer. El cerco aparece como una estructura mínima que no separa tanto como cuida: una acción aprendida, repetida, transmitida. En Fuerza bruta, la tierra se vuelve superficie de inscripción. La marca —hecha con herramienta y animal— se imprime sobre el suelo como si el territorio pudiera leerse desde arriba, como si el trabajo dibujara una memoria visible. En Tierra baldía, la acción se vuelve asfixia: polvo tóxico suspendido, violencia sin espectáculo, una escena que incomoda porque no se interpreta; se siente.
Serie de Tareas introduce con mayor claridad la lógica que atraviesa toda la muestra. En el contexto del trabajo cañero, una tarea no es una acción aislada, sino una unidad de avance que organiza el cuerpo en relación con el espacio. El conocimiento no se verbaliza: se incorpora. Las tareas se suceden, se repiten, se ajustan. En esta obra, la secuencia no conduce a un resultado final; sostiene un ritmo. La repetición no es redundancia, sino continuidad. Aquí, el trabajo se presenta como duración, no como evento.³
Y luego, el aire.
En Cuando lo profundo está cerca —y en Ensayos de nube, ya sea como imagen en movimiento o como registro fotográfico— el polvo deja de ser consecuencia y se convierte en lenguaje. La nube aparece como interrupción, como señal, como insistencia. El artista relata que la obra nace de una escena mínima y vivida: una bolsa de harina caída en una autopista, los autos frenando ante una nube pequeña pero densa, suspendida por el paso constante de los vehículos. Algo leve, casi absurdo, que de pronto revela una verdad completa: lo que parece insignificante puede volverse obstáculo, advertencia, presencia.⁴
Aquí, lo efímero no es lo que desaparece sin dejar rastro. Es lo que vuelve. La nube se forma y se disipa. La tarea se repite. El gesto aprendido persiste más allá del individuo. El trabajo deja marcas en el suelo, sí, pero también deja marcas en el aire. La memoria no se fija en un archivo estable; se transmite en la acción, en la repetición, en el desgaste del cuerpo.⁵
Por eso Habitar una nube nombra una forma de vivir dentro de condiciones que no siempre se ven, pero que determinan la respiración, el movimiento y la mirada. Condiciones materiales y políticas. En este punto, la obra se vuelve profundamente contemporánea: porque habla de lo rural sin folklorizarlo y de la precariedad sin romantizarla. Habla desde la dignidad del oficio y desde la fricción constante entre “progreso” y “supervivencia”.
El video, aquí, no funciona como documento secundario. Es el lugar donde la obra sucede para nosotrxs. Como señala el propio artista, hay un giro clave en su proceso: reconocer que no se puede traer al público al cañaveral o a la ruta y convertir esa limitación en decisión. Pensar la acción para la pantalla implica asumir el encuadre como ética y como lenguaje. La cámara no neutraliza el gesto; lo organiza. Decide desde dónde miramos, cuánto aire nos entra, cuánto polvo se queda.⁶
Esta muestra invita a ver con el cuerpo. A escuchar el esfuerzo. A percibir el tiempo lento del campo y la violencia súbita de ciertas interrupciones. A comprender que, en estas obras, la materia no acompaña: testifica. La tierra, la harina, el cemento, el humo, el metal, el aire —todo está diciendo algo. Y lo que dice no se reduce a una historia individual, aunque nazca de una vida concreta. Se abre como un campo más amplio: el de los territorios trabajados, los saberes heredados y las formas —a veces invisibles— en que una comunidad aprende a habitar lo que le toca.
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Notas
[1] Maurice Merleau-Ponty,
Fenomenología de la percepción, trad. Jem Cabanes (Barcelona: Península, 2000).
[2] María del Rosario Juárez,
Cierre de los ingenios en Tucumán (San Miguel de Tucumán, s/f).
[3] Adrián Sosa, conversación con Sophie Bonet, curadora, 2025.
[4] Adrián Sosa, conversación con Sophie Bonet, curadora, 2025.
[5] Diana Taylor,
The Archive and the Repertoire: Performing Cultural Memory in the Americas (Durham: Duke University Press, 2003).
[6] Maurice Merleau-Ponty,
El ojo y el espíritu, en
Lo visible y lo invisible, trad. José M. Beceiro (Buenos Aires: Nueva Visión, 1970).